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Günter Grass

Título: El espejo implacable de Alemania.

Entrevista: Clarin Digital

A Domingo 03 de octubre de 1999

Gunter Grass
  BEHLENDORF, SU HOGAR. En sus comienzos, Günter Grass estuvo bien lejos de la prosperidad. 

 


 MARCELO PICHON RIVIERE 

NARRADOR, POETA, ENSAYISTA, GRABADOR Y DIBUJANTE. ESTAS SON ALGUNAS DE LAS FACETAS DEL NUEVO PREMIO NOBEL DE LITERATURA, TAMBIEN CONOCIDO EN TODO EL MUNDO POR SU COMPROMETIDO PENSAMIENTO POLITICO

  Günter Grass es uno de los grandes narradores de este fin de siglo, uno de los que mejor encarna ese cruce de caminos que eligieron los novelistas para captar la vasta y cambiante realidad de la posguerra. Porque las novelas de este alemán nacido en Danzig (Gdansk), en 1927, son relatos que ponen en juego sus ideas, sus impiadosas reflexiones sobre el pasado y el presente de Alemania. Desde El tambor de hojalata, publicada en 1959, su obra se ha convertido en un lacerante testimonio de un país desgarrado por las dramáticas circunstancias de la Segunda Guerra Mundial, los horrores del nazismo y la drástica división de su territorio.

El 30 de setiembre, Grass se enteró que había ganado el Premio Nobel de Literatura 1999 en su casa de Behlendorf, cerca de Lübeck. Luego de recibir la buena noticia, fue al dentista, porque señaló que "la vida continúa". "Esta vez me tocó a mí", dijo, y se mostró feliz de recibir el premio a los 71 años. "Hoy puedo convivir alegre y serenamente con esto". "Es como si hubiera dado a la literatura alemana un nuevo comienzo luego de décadas de destrucción lingüística y moral", afirmó la Academia Sueca en su fundamentación del premio.

Los comienzos de Grass estuvieron muy lejos de la prosperidad. El original de El tambor de hojalata fue escrito, luego de una vida pobre y vagabunda, en un sótano en París, tan húmedo y lleno de gas carbónico que contrajo una tuberculosis. "Con una exactitud mucho mayor que los procesos de escribir mismos, recuerdo el cuarto donde trabajaba: una agujero húmedo de la planta baja, el cual debió servirme de estudio para las esculturas empezadas, que estaban desmoronándose desde que comenzara a poner por escrito El tambor de hojalata. En cuanto el trabajo con el manuscrito se estancaba, salía por carbón, con dos cubetas", evoca Grass en un texto incluido en su libro Ensayos sobre literatura.

Una de las emociones mayores de la escritura de la novela se la deparó un viaje a Polonia en la primavera de 1958, para reconstruir la heroica defensa del Correo polaco en Danzig, contra tropas alemanas. El retorno a la ciudad natal, que había vuelto a pertenecer a la nación polaca con la rendición de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, le permitió reencontrar su infancia. "En Gdansk recorrí los caminos escolares de Danzig, conversé con hospitalarias lápidas en los cementerios, me senté (como cuando era un alumno) en la sala de lectura de la biblioteca de la ciudad. En Gdansk era un desconocido y no obstante volví a encontrar todo, en fragmentos: balnearios, caminos forestales, construcciones góticas de ladrillos; además, volví a visitar (por sugerencia de Oskar) la Iglesia del Corazón de Jesús: el viciado aire católico." El éxito de la novela, en 1959, que hizo famoso también a su personaje Oskar Matzerath, lo tomó de sorpresa. Su vida cambió para siempre.

En una entrevista publicada semanas atrás en este suplemento, el notable narrador estadounidense John Irving dice: "Es posible que El tambor de hojalata sea la mejor novela jamás escrita acerca de la Segunda Guerra Mundial y, desde luego, es la mejor desde una perspectiva alemana, y cuando Grass expuso la Alemania de la Segunda Guerra Mundial a sus compatriotas, éstos, como el resto del mundo, lo amaron y admiraron. Pero la penetrante mirada de Grass se posó luego en la Alemania contemporánea y realizó un profundo análisis histórico y psicológico de lo que hace a los alemanes... en fin, tan alemanes. Ahora a los alemanes no les gusta oír lo que les dice este autor; quieren que deje de castigarlos con sus visiones. Que todo lo que predijo sobre la reunificación alemana haya resultado ser cierto... Bueno, como es lógico, eso tampoco lo hace muy popular. Es un gran escritor a quien reverencian fuera de Alemania, pero desdeñan dentro de ella".

Las dos mayores novelas de Grass son El tambor de hojalata y El rodaballo, publicada en 1977. También (y esta coincidencia no siempre se da) son los libros de mayor venta, los textos emblemáticos de un escritor revulsivo. En Conversaciones con Günter Grass, de Nicole Casanova, Grass cuenta el origen de El rodaballo: "Empecé el libro inmediatamente después de las elecciones de 1972, ganadas por los socialdemócratas con un resultado excesivamente bueno, lo que les hizo negligentes, cansados, perezosos e incapaces de defenderse contra la débil oposición. Entonces noté que tenía que hacer alguna cosa que no tuviera tanto que ver con la sociedad como conmigo, con lo que yo puedo hacer, con lo que sólo yo puedo hacer".

Ese efecto liberador es una de las claves para entender la fascinación que El rodaballo, a lo largo de casi 600 páginas, despierta en el lector. La comida (también presente en alucinantes escenas de El tambor de hojalata) es uno de los temas centrales de El rodaballo.

La novela arranca en tiempos de la diosa Aya, que con sus tres pechos alimentaba a los pescadores, quienes ignoraban que en esa tibieza maternal se realizaba una operación fundamental de la especie: la procreación. Y finaliza a orillas del Báltico, donde María habla con el rodaballo (porque se trata de un insólito pez parlante), poco después de dar puerco con col a los obreros en huelga de los astilleros Lenin, minutos antes de los disparos de la Milicia Popular de la República Popular Polaca.

Con el dinero que ganó con esta novela, Grass creó la fundación Alfred DÌblin, para impulsar una corriente de la literatura que denomina novela europea, que no se limita a la novela psicológica o a la novela de acción, según el esquema inglés de plot and action (argumento y acción), y cuyos orígenes se remontan a la novela picaresca española, se desarrolla en Francia con Rabelais, encuentra nuevas resonancias en los autores barrocos alemanes, especialmente en Johann Jacob von Grimmelshausen, tiene derivaciones en Inglaterra con Tristam Shandy de Laurence Sterne, vuelve al dominio alemán con Goethe y Jean Paul, se desplaza a la lengua inglesa en Joyce y Dos Passos y se reinstala en Alemania con DÌblin.

Autor de Berlin Alexanderplatz (1929), novela fundamental de la Alemania de entre guerras, DÌblin escribió en uno de sus ensayos: "La novela no tiene nada que ver con la acción; se sabe que al comienzo ni siquiera el drama tenía algo que ver con ella, y es discutible que haya obrado bien al comprometerse en tal forma. Simplificar, enderezar y ajustarse a la acción no es cosa del poeta épico. En la novela hay que amontonar, acumular, revolver, empujar; en el drama, el actual, reducido pobremente a la acción, obsesionado con la acción, se dirá: adelante. Adelante no será nunca la consigna de la novela".

Estas palabras parecen escritas por Grass: él es un maestro de las incesantes digresiones, de las ramificaciones interminables de la trama, de la irrupción de escenas de pesadilla en medio de un contexto realista. Grass nunca dice adelante, tampoco. Sigue de largo página a página y el lector, fascinado o abrumado, debe seguirle el paso. En El tambor de hojalata, Años de perro (1963), El rodaballo, La ratesa (1986) y Es cuento largo (1995) ese proceso de acumulación y amontonamiento llega al paroxismo. No hay respiro cuando uno ingresa en una novela épica.

En novelas breves, El gato y el ratón (1961), Encuentro en Telgte (1979) y Malos presagios (1991), el tono desmesurado se atenúa, pero en ningún momento el argumento y la acción dominan la trama; digresiones, reflexiones, reiteraciones buscan dar el efecto de un cuento de nunca acabar, más allá de la extensión del libro.

En el verano europeo de 1994, en la terraza del Hotel Felipe II, en El Escorial, durante unas jornadas dedicadas a su obra organizadas por la Universidad Complutense de Madrid, entrevisté a Grass. Acababa de despedirse de un grupo de gitanos, que habían ido a agradecerle las palabras de Discurso de la pérdida, pequeño libro sobre temas de racismo, que el escritor cedió a la editorial Presencia Gitana. La primera pregunta que le hice estaba referida a ese vaivén de novelas largas y cortas y le pregunté si ese vaivén era deliberado. "Cada uno de mis novelas largas está marcada por los acontecimientos de una determinada década. Por ejemplo, El tambor de hojalata es típico de la literatura de los 50; Años de perro es paradigma de los 60; El rodaballo recoge todos los conflictos de los 70; La ratesa despliega los problemas de los 80. En estos momentos estoy trabajando en una novela que tendré terminada el año próximo, y me atrevo a decir que será un libro típico de los 90. Estas novelas de tono épico trato de trabajarlas durante un lapso de tres a cinco años. Y tiene usted toda la razón: de vez en cuando intercalo una novela corta para recuperarme del esfuerzo; es una especie de terapia".

Esa novela larga en preparación era Es cuento largo, que arranca en la revolución de marzo de 1848 y culmina con la caída del Muro de Berlín, la unificación, y el desencanto de esa Alemania nuevamente unida en lo formal, pero dividida más que nunca en lo profundo, con sus territorios centrales de riqueza y los marginales de pobreza y desocupación.

En ese mismo mediodía, en la apacible y soleada terraza, dijo: "Yo escribo de pie, nunca sentado. Encima del atril donde escribo tengo dos grabados, que pertenecen a Los caprichos de Goya. Lo que yo aprecio en Goya es sobre todo su realismo, pero al mismo tiempo considero que es un realismo fantástico. Es decir, él mezcla la fantasía con la realidad, y me parece que es un maestro haciéndolo. Y yo, desde luego, siempre que empiezo a escribir miro estos grabados, que son una especie de advertencia." Novelista, poeta (en ese homenaje en El Escorial se presentó la primera versión al castellano de sus poemas), ensayista, escritor político (redactó muchos discursos de Willy Brandt), grabador, dibujante, escultor, Grass fue, en su juventud, un músico. En una entrevista, contó: "Tocábamos música dixieland y eso me permitía ganarme la vida. Y a esa actividad musical le debo uno de los momentos más felices de mi vida, entre 1949 y 1950. Louis Armstrong estuvo en Düsseldorf para un concierto después del cual vino a caer en el bar en el que nosotros tocábamos. Nos oyó y al parecer le gustó, porque pidió que le fueran a buscar su trompeta y acabó tocando con nosotros".

Esa felicidad estaba presente en El Escorial. A las dos o tres de la madrugada se escuchaban las risotadas de Grass, en la terraza, cuando volvía de alguna incursión por el pueblo, y se demoraba allí hasta las cuatro, mientras Miguel Saénz, su traductor, y otros españoles se desplomaban en sus sillas, abrumados por la vitalidad del gran escritor alemán.

 


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